La relación integrada


shutterstock_1572766_525Vivimos en una constante relación: con nosotros, con el mundo, con la vida, y con Dios. Pero pocas veces somos conscientes del objetivo de esa relación. Toda relación es una participación en donde colaboramos en nuestro propio aprendizaje, porque la relación es para aprender más sobre uno mismo.

El aspecto más trascendente es que nadie nos enseña la forma en que podemos relacionarnos con los demás, ni con nosotros. Por ello, el mundo se convierte en un lugar donde la relación parece ser un campo de guerra con el objetivo de la supremacía en vez de la equidad. Las relaciones se convierten en una manera de ejercer control, en lugar de cooperación y por esa razón es que pensamos erróneamente que las relaciones deberían limitarse a sólo unos cuantos aspectos de nuestra vida. Pero lo cierto es que vivimos en una relación constante. Las relaciones no son un instante que termina con el alejamiento físico sino que son permanentes  en nuestra mente. ¿Cómo deberíamos ver esas relaciones? ¿Qué deberíamos aprender de cada relación que percibimos en nuestra vida?

Hacia donde apunta una relación, es lo que define un propósito y objetivo. Bien pueden apuntar a una destrucción de nuestro propio Ser o a un pleno conocimiento de él. La relación por sí misma puede verse en neutralidad, lista y disponible para ser vista con una mirada de amor y perdón. Sin este objetivo, una relación se convierte en una cárcel donde cada uno busca aquello que piensa que no tiene y busca saciarse del modo más conveniente del otro. Pero nunca hay satisfacción en aquellos que roban porque siempre considerarán que merecen más y más. En este sentido, el ego nunca se siente satisfecho por largo tiempo. Sin embargo, hay que aprender que las relaciones no son un refugio para llenar un vacío, sino un lugar de encuentro para un recordatorio de plenitud amorosa. Sin un concepto claro de lo que es una relación, se pensará que hay dos mundos que chocan para tratar de hacer un mundo nuevo pero con porciones de dos fuentes diferentes. La verdad es que la relación parte de la misma fuente, sin importar que sean dos o un millón los que físicamente están. La relación se extiende más allá de los límites físicos que hemos usado como métrica de realidad en un mundo que parece cada vez más fragmentado. Al final, aprendemos que la relación que tenemos con nosotros mismos está reflejada en la relación que mantenemos con el mundo. Y en última instancia, ambas son reflejo de la relación que tenemos con Dios.

Una relación integrada es la relación fragmentada pero vista desde una vivencia espiritual. La vivencia espiritual depende mucho del deseo de ver más allá de los fragmentos y comenzar a sentir la unidad que yace detrás de esos pedazos. No se puede sanar una relación mientras lo importante sean las partes, más que el todo. El todo en la relación se encuentra en el propósito. No son dos mitades las que se unen para formar a un entero. Son dos enteros que siguen formando un entero con un objetivo completo. Dios es lo completo y fuera de él, lo completo se convierte en una parodia. Pensar que lo completo está en un fragmento es pensar que ese fragmento es la totalidad. Eso sucede cuando buscamos la relación perfecta por todos los lugares posibles de nuestro tiempo y espacio. Al sentir que somos incompletos, buscamos lo completo. Y esa búsqueda la hacemos en un mundo de fragmentos, en vez de mirar hacia Dios. Dios es la relación integrada y accedemos a ella mediante el reconocimiento que no hemos salido de esa relación. Aquellos que miramos con los ojos físicos, no son partes separadas. No son fragmentos. No son porciones de plenitud. Todos ellos son la relación integrada. El que llega a tu vida en la visión física, es el que ya está contigo en la visión espiritual. Tus ojos físicos pueden ver fragmentos, pero tus ojos espirituales ven al todo cubierto en ese manto de amor incondicional. En este punto notarás que la visión fragmentada es cubierta de particularidades que llevan a comparaciones sobre qué fragmento es más valioso. Si tan solo aprendiéramos a ver con la visión espiritual, los fragmentos dejarían de tener valor por comparación y entonces el valor verdadero y eterno saldría a la luz. Tú no estás en una relación conflictiva, sino que has decidido ver una relación fragmentada que desde tu visión carece de atributos que la pueden ver santa. Pero tu visión proviene de tu decisión de ver sólo en comparaciones o de aceptar que hay algo que no conoces de las relaciones.

Entonces el cambio de enfoque no está en el análisis pero sí en la examinación, y una vez que entendimos que las relaciones no son fragmentos sino el encuentro con la totalidad, entonces miraremos cada relación en nuestra vida como una oportunidad de recordar la verdad de nosotros: plenos de amor de Dios. Este cambio de enfoque comienza solicitando el apoyo espiritual de Aquél que es un Maestro que enseña a ver más allá de los fragmentos. El Maestro Interno que está en ti, ve la totalidad y puedes recurrir a él con tan solo desearlo. La oración propuesta es:

 

Maestro Interno, no sé el significado de esta relación. Te doy a ti el juicio que tengo de ella, y a cambio solicito el milagro que me permita verla como tú la ves.

 

Y así el cambio ocurre. La relación que parecía fragmentada se empieza a ver integrada a tu vida. La relación vive contigo porque está en ti y entonces será una maravillosa oportunidad para recordar la dicha, el amor, y el servicio que siempre has deseado compartir. La relación integrada se comparte porque de ese modo lo recibido se da. Y así los demás podrán comprender que las relaciones no son dañinas sino que todas ellas tienen la semilla de la visión integradora. Un milagro ha regado la semilla y ha crecido en la consciencia de la santidad en tu relación. Bendícela día a día con el perdón constante en aquellos momentos en que mires fragmentos nuevamente. Y así lograrás deshacer los nudos visuales que te impedían ver el verdadero origen de esa relación: El amor perfecto.

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